Cómo sobrevivir a Delhi: No teman, hay reencarnación

Por Domingo, febrero 12, 2017 1 No tags Permalink

Llegué al aeropuerto Indira Gandhi tras un larguísimo vuelo y lo primero que vi fue un enorme afiche. Un tipo en un kayak estaba a punto de ser pulverizado por una ola. Encima había una leyenda: “No teman, hay reencarnación”.

La guía de “Delhi para principiantes” dice que uno está a sólo 16 km del centro, pero el tipo que me fue a buscar (identificable por cartel que rezaba “Mr. Raphael Sabbath” – deben haber pensado que yo toco en una banda de rock pesado) se “perdió” y me llevó a recorrer los suburbios, a cuenta de la empresa. Así pasó una hora larga hasta llegar a la “casa de huéspedes”, donde se alojan los ejecutivos de mis clientes cuando viajan.

En el camino amagó llevarse puesta la reja de la Embajada de Irlanda, donde a gritos de “¡Stop! ¡Stop, please!” evité que unos catorce soldados con armas largas nos hagan tronar el escarmiento.

Delhi, y toda India, es un lugar muy ruidoso. Todos los automovilistas tocan la bocina, y los equivalentes locales de los mioncas y los rastrojeros llevan bonitos filetes en la parte trasera (sí, señora, los filetes no los inventó Martiniano Arce), pero en lugar de agradecer a la vieja, en India te solicitan hacer sonar el kláxon: “Horn Please”.

Y nunca vi un tránsito tan caótico. Los rickshaws, carretillas tiradas a pie donde los locales llevaban a los poderosos, fueron reemplazados en la India moderna por unas motos con carrocería y toldo trasero, que escoran al doblar y que se la pasan metiéndose entre los autos y los camiones. Y llevan (los conté) hasta diez tipos colgados no se sabe de dónde.

Para complicar las cosas, los peatones cruzan donde quieren (total, hay reencarnación) y los cebúes se instalan donde les place. Hay que esquivarlos, porque como usted sabe son sagrados. Como broche de oro, cada tanto hay una procesión, que consiste en una fila de jóvenes extáticos embadurnados con algún polvo rojo, cruzando las avenidas, danzando.

Le pregunté al chofer en honor a qué dios sería esa que casi nos hace matar por un ómnibus que frenó justo antes de partirnos al medio, y me dijo que no tenía idea: los hindúes son politeístas y donde nuestros tacheros llevan a la Virgen de Luján / al Gauchito Gil o a la Difunta, los de ellos llevan una fila de estatuillas más numerosa que el equipo completo de superhéroes de Marvel. Por dentro pensé: tal vez sea en honor a Borda, el dios de la demencia.

Delhi da la impresión de estar en continua construcción, o en continua demolición, o las dos cosas a la vez. Cuando me explicaron lo de Brahma, Shiva y Vishnu entendí que no son dos, sino en realidad tres cosas al mismo tiempo. Uno construye, otro rompe todo (rompé Pepe, rompé), y otro protege. Parece que va ganando el que protege porque las cuadrillas son iguales que las argentas: uno martilla y diez miran.

En Delhi casi no se ven canas ni calvicies, será genético, será que se mueren antes de cumplir 40 (de todos modos, 40 años en Delhi deben equivaler a 160 en Trenque Lauquen). Y tampoco perros sueltos (se ve que no deben ser sagrados). Monos sí, por todos lados.

Lo que hay que saber de India para volver en una pieza es sencillo. Primero, andar munido de una botella grande de agua embotellada; la de allá no viene de los Andes, como nos dicen acá, sino del Himalaya, por supuesto. Segundo, pedir la comida sin mucho condimento; la comida mejicana es leche materna comparada con las bombas Molotov que se degluten los indios. Y tercero, el meneo de cabeza indio, que se hace con cara de nada, y es similar al de los perritos de luneta trasera de los viejos taxis porteños, no significa “Sí” sino “ok, tal vez, por ahí, total hay reencarnación”.

Ahora bien, la comida es excelente, los paisajes son increíbles, la gente es súper gentil, se desviven por atenderte y debo decir que tienen su onda. Pero ni cerca de ser un lugar apto para la meditación. Para eso se inventaron los ashrams.

1 Comment
  • Marina
    febrero 13, 2017

    Un placer la lectura. Simplemente genial.

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