Cómo sobrevivir a Moscú: Livin’ La Vida Garca

Por Domingo, febrero 12, 2017 0 No tags Permalink

Por primera vez en mi vida mi habitación de hotel tenía doble cerrojo y alarma antirrobo. También fue la primera vez que bajo a desayunar, vuelvo a buscar el bolso, y encuentro que ya limpiaron mi habitación. Mamma mía…. “Estimado señor Sabat: Sabemos dónde está a cada momento. Saludos cordiales. Firmado: Sus amigos de la ex – KGB.”

El desayuno, dicho sea de paso, ocurrió en un salón lleno de columnas jónicas y arañas de cristal, con pisos que alternan granitos con unas alfombras que (me lo enseñó Eduardo Kalpakian) se llaman Axminster. Y en una especie de glorieta bajo techo hay una señora rusa con pelo engominado y vestido largo que toca el arpa. Clásicos de Bach alternados con clásicos de Los Beatles. A las ocho de la mañana. Más kitsch imposible, compadre.

La primera noche se me ocurrió comer en el lobby del hotel. Me dije: me como un sándwich rápido, y miro un partido de fulbo. No pasaron ni dos minutos y se sentó una mujer enfundada en un vestidito negro en la mesa de al lado, de espaldas a la tele y de frente a mí. Miré a mi alrededor, no vi a ningún hombre solo más, y me quedó claro que la oferta era para mí, nomás. Miré el menú y saqué cuentas: si esos eran los precios de los sánguches, más valía abstenerse del postre.

Pero gracias a la oferta comprendí por qué en la ducha había un cordón con una arandela que sale de un agujerito en la pared, y que tiene un cartelito encima que reza “SECURITY/DOCTOR”. O sea: “En caso de Viagrazo tire del cordel”.

El gerente de marketing de la empresa apareció con un ojo negro. Es porque se agarró a trompadas en la calle tras una discusión de auto a auto. Y los contratiempos del tráfico parecen resolverse así, nomás, a las trompadas. Pasa primero el más prepotente. La mayoría de los tipos te miran (y se miran) mal, con desprecio. Y los que no, tienen casi todos cara de resignados, tipo Droopy. Tipos joviales casi no hay.

Pero eso es buena señal. Porque si te sonríen, parece que te estuvieran avisando que te prepares, pues se te avecina algún tipo de inserción (en contra de tu voluntad, huelga decir). Pero va con onda, no es nada personal, vea, mire.

El tachero de la empresa resultó uno de los tipos más feos que vi en mi vida.  Parecía un orco, sus orejas eran dos muñones. Y había un tipo en el curso que di que era una especie de hobbit, si lo vestías con una túnica y lo juntabas con el otro hacías una postal de Tolkien.

Y entre todos esos tipos raros, más minas rusas. Dios mío, ¿de dónde las sacan? Las cenas son en un restó donde te recibe una Natasha fuera de este planeta, custodiada dos pasos más atrás por Vassily, que tan sólo con mirar fijo espantó a medio ejército afgano. Por si alguien tiene una idea equivocada, ¿vio?

Y mientras comés, escuchás el traqueteo de plataformas y tacos altos de más y más rusas altísimas, que pasan caminando entre las mesas donde las esperan variados oligarcas (así llaman en Moscú a los que nosotros llamamos mafiosos).  Además, como hace calor, imaginen cómo vienen de desvestidas.

Mi amigo Volodya me señala: “es que no son mujeres normales; son de criadero, comen nada más que zanahorias y encima tienen que ir cada tanto al baño a vomitarlas”.

Como canta Bono: “Está todo bien, ella se mueve de modos misteriosos”.

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