Cómo sobrevivir al Bolshoi: tules y colas

Por Domingo, febrero 12, 2017 0 No tags Permalink

Ya se ha dicho: Dios le da pan a los desdentados. Y eso explica por qué me dieron a mí entradas para ir a ver ballet al Bolshoi. Así que me fui, nomás, a “ver cómo saltan los balines”, según palabras de un gran amigo mío que vive al norte del río Bravo.

La nieve diurna (qué importa que sea Primavera, parece decirme Moscú) se transformó en garúa vespertina, y caminé las dos cuadras desde el hotel munido de paraguas prestado por el conserje. Como me dijo la traductora que las entradas no son ni baratas ni fáciles de conseguir (yo, iluso de mí, pensaba lo contrario porque así lo dice el website del Bolshoi), entré convencido de que me tocaba el gallinero, sin escalas.

Tras pasar por el guardarropas, que acá es de rigor (y sin propina alguna, cabe aclarar), miré a mi alrededor y tomé conciencia de que esto se parece al Colón, después de todo. Gente muy fina vestida muy bien, mezclada con laburantes e intelectuales, niños a los que los forzaron a ponerse chaleco y moños: el elenco estable.

Me dieron fila ocho de platea, pegado al pasillo central. Bienaventurados los desdentados. A mi derecha, un empresario francés, quien acudió acompañado por una obvia, y futura, esposa rusa. Con boa, y vestido strapless. Pobrecito, la que le espera.

El chow consistió en tres ballets: uno inicial, bastante convencional, muchas bailarinas, una que muere y es llevada en andas al Paraíso mientras hace como que aletea, y un único chabón. Te digo que para salir a un escenario con esa malla de baile metida entre las nalgas hay que tener cojones. Muy macho hay que ser.

En el primer intervalo paseé un poco por el bar (tras una semana acá me las rebusco bastante con el cirílico y pude leer cartel con flechita que decía “buffet”). Hete aquí que no sirven vodka ni de casualidad. Champagne, tinto, y cognac. Todo francés. Ir al buffet del Bolshoi y pedir vodka debe ser como ir al buffet del Colón y pedir fernet con coca.

El ballet número dos fue Le Jeune Homme et la Mort. Lo que uno puede esperar de algo escrito por Jean Cocteau: joven de torso desnudo yace en altillo parisino, entra mujer cruel, mala, odiosa (en suma, todo lo que una mujer puede representar para alguien que las odia), y lo induce a suicidarse. Por suerte, la música es de Bach. Telón, fervorosos aplausos, y segundo intervalo. Oksana, a mi derecha, ya lo deja a Jean-Claude tomarla de la manito. Pobre Jean-Claude. Después no digas que Cocteau no te avisó.

El tercer ballet era La Dame de Pique, que podríamos rebautizar “Les jeunes hommes que muestran las nalgas”. Dios mío, nunca me hicieron mirar tantas colas de hombre juntas. Si eso les va, no saben lo que se perdieron.

En eso estaba, imaginando el comentario de otro amigo mío, gay honorable y de buen gusto, y con quien fui al Colón un par de veces, ante tanta exhibición de traseros musculosos: “Qué cosa de trolos, che”. Dicho con cara de asco, para más datos.

Las colas de las bailarinas, que imagino serían bastante interesantes, en cambio, estaban grácilmente ocultas tras largas faldas de tul. Se ve que no piensan en nosotros los héteros, los muy turros.

Pero en eso, apareció la primera bailarina, a quien le tocaban sólo unos cinco o seis minutos de los treinta del ballet. Y me partió el cerebro. Nunca vi una cosa igual. La única descripción que se me ocurre es que todos parecían andar en “Play” y ella andaba en “Reverse”, pero en lugar de desentonar, fluía con la música. Era el equivalente visual de un disco donde hay un instrumento que grabaron y hacen sonar al revés. Todos bailaban Degas y ella bailaba Kandinsky.

Resultó llamarse Ilze Liepa. No sé si será famosa, pero anoten el nombre. Hasta un troglodita como yo quedó impactado. Fue como una de esas pelis donde aparece Judi Dench durante treinta segundos y se roba el filmo, a pesar de los esfuerzos de todo el elenco durante los otros noventa minutos. De locos.
Me fui, medio en estado de shock, pensando cómo será vivir siendo así de bueno en algo. Y el laburo que debe requerir.

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